El muro

Editorial: 25/05/2021

En el ejercicio de este maravilloso oficio, siempre hay luces y sombras. Como todo en la vida. Pero últimamente nos encontramos con más sombras, preocupantes situaciones que como profesionales de la comunicación vemos y que la ciudadanía no puede llegar a imaginarse. O sí. Podría no compartir los avatares periodísticos, tragarlos y seguir, pero se ha llegado a punto crítico, en el que el papel de intermediario que tenemos está siendo atacado y se quiere intentar diluir como la espuma la función social que tiene esta profesión.

Fijar una entrevista con un político es una oportunidad para ambos. Para el que entrevista y para el entrevistado. Te prestas a una serie de normas establecidas en este género periodístico y cada cual, con sus herramientas, astucia e inteligencia, deberá lidiar en este especial cara a cara. Sin embargo, cuando el escenario se transforma, se vuelve contra el periodista, como si de un ring de boxeo se tratara, las normas cambian. El aura que envuelve toda la entrevista da un giro.

Y cuando al periodista no le permiten emplear algunas herramientas de trabajo, vitales para el desarrollo óptimo de la entrevista, pero peligrosas en ojos del entrevistado, como es una grabadora, el tiempo se detiene. Una cree estar siendo observada por un gran hermano o algo parecido. Una respira hondo y piensa que está en una cámara oculta de esas que se ven en televisión. Pero no. Esto es así, ha ocurrido. 

¿Vamos más allá? El tiempo en una entrevista es relativo. Pero, sin duda, no es una rueda de prensa. Ni un canutazo. Es un tiempo de charla sosegada, de debate y contraponer posturas, tener la oportunidad de ofrecer información oficial u oficiosa, en definitiva, quedar bien con la audiencia, con los seguidores, con los lectores. ¡Es tu oportunidad! Pero… ay el tiempo… el tiempo aquel día decidió que eso dejó de ser una entrevista y pasó casi a un interrogatorio. Veinte minutos, no más, para fusilar una batería de preguntas variadas, preparadas y documentadas (como se debe hacer) pero que no tuvieron respuesta con datos. Nada. Era como chocarse contra un muro.

Ese momento de llegar a tu ordenador y echar un vistazo a las notas del cuaderno, (ojo: No se utilizó grabadora por ser un arma de especial peligrosidad para el ser humano, por tanto no hay transcripción posible de la «entrevista»), es cuando una se da cuenta de que no hay datos, no hay entrevista, pero hay algo interesante y relevante detrás de todo ese pequeño show. 

Mostrarse esquivo ante los medios, evitar comparecer con asuntos públicos que afectan a todos los vecinos y vecinas, coartar a los periodistas en una entrevista cuando acuden tres personas y lo acordado era una, a lo sumo dos, son actitudes que demuestran la falta de transparencia en el ejercicio de un cargo público y en la presentación de información pública, así como el escaso respeto que se le debe a la profesión periodística, al contrato, que no firmado, pero implícito, que significa conceder una entrevista. A las reglas de juego establecidas.

Sin transparencia, sin acceso a la información, sin datos que poder contrastar, no habrá una opinión pública crítica. Pero quizá eso es lo que persiguen algunos. Restringir la libertad de información para limitar el control al poder que puede y debe ejercer el ciudadano. Una vez más, la prensa estará ahí para cumplir su cometido de servicio al ciudadano, de informar con rigor, de preguntar, repreguntar y cuestionar la información de la que disponga. Y, por supuesto, el cargo público tiene la obligación de responder de su actuación ante la ciudadanía. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *